sábado, 31 de diciembre de 2011

Euthorsis

La belleza de los vértices del trapezoide es extrema. La mitad superior está borrosa creando un sutil contraste con la perfecta definición de la mitad inferior. Chorrea toda clase de líquidos de viscosidad variable producidos por un sistema de constante autoestimulación sexual.

El reflejo de nuestra gloria.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Donde no hay nada

El autómata también cogita:

Plenamente consciente.
Quedó tuerto.
La banalidad de todo sentimiento.
Y mudo.
El sur es el traidor.
Y tonto.
Sed, que tenemos sed.
¿Va todo bien?

domingo, 30 de octubre de 2011

Estrellando

La lluvia caía fina sobre el paisaje nocturno. El suelo estaba húmedo y el aire viciado dentro de la oscura guarida. Un par de antenas palpaban torpemente el techo y las paredes. Yherig decidió que había llegado la hora de salir al exterior. Hincó su potente mandíbula prensil en la pared y con un movimiento violento la rasgó sin demasiada dificultad. Vislumbró algo de luz, lo cual lo reconfortó bastante. Entonces, al disponerse a salir por el boquete que había creado, un repentino mareo se apoderó de él y se tambaleó de forma que quedó colgando del hueco durante unos instantes en los que todo parecía dar vueltas. Finalmente, cuando recuperó la percepción de la gravedad, efectuó su salida. Aunque fue sorprendido al no encontrar ningún tipo de suelo o apoyo en el exterior, así que la propia gravedad lo precipitó hacia una caída de varios falgos de altura.

Aterrizó sobre su exoesqueleto con un duro crujido, tras lo cual quedó unos instantes atolondrado pateando el aire inútilmente. Sin embargo, con asombrosa rapidez Yherig flexionó el tórax y se levantó recuperado. Dio unos veloces pasos hacia delante, tras lo cual se volvió a detener para meditar sobre su misión. Agitó nerviosamente las antenas mientras un torrente de recuerdos y emociones cruzaban su mente. Pensó en su hogar, su trabajo, sus amigos, y especialmente en su amada, Yhum. Pero inmediatamente, su mentalidad simple tuvo que desechar esas inquietudes para poder centrarse en la necesidad imperiosa de alimentarse que le sobrevino de pronto.

Para tratar de satisfacer esta urgencia hizo uso de su desarrollado sentido del olfato. El hambriento Yherig captó rápidamente el rastro de una fuente de alimento de tipo cárnico no muy lejos de su posición. Siguió la pista a través de la maleza escalando y sorteando los obstáculos en su camino hasta que se topó con una clase de terreno más liso. Pudo comprobar que el asfalto mojado emitía un hedor tan abrumador que era difícil percibir olores en un radio muy amplio. Pero no le importaba porque ya creía vislumbrar la fuente de la esencia que perseguía. Avanzó un poco más y confirmó sus sospechas al encontrar extendido sobre el pavimento un enorme cadáver en un avanzado estado de putrefacción.

Había rastros de sangre y vísceras alrededor. La experiencia de Yherig le indicó que probablemente se trataba de algún tipo de mamífero. Con impaciencia, se subió por el pelaje y la carne mojada hasta que alcanzó una zona del animal despellejada y descompuesta a su gusto. Sin mayor dilación, tragó el exceso de saliva y comenzó su festín.

Disfrutó del alimento hasta saciarse plenamente, tras lo cual descansó unos momentos, satisfecho. Después, por mera curiosidad, decidió explorar un poco la superficie del cadáver. Con cierta dificultad, alcanzó el punto más alto: una costilla rota que había quedado señalando hacia el cielo. Desde ahí, Yherig sacudió las antenas y observó el firmamento estrellado con melancolía. De pronto y sin previo aviso, le entró otro mareo. Zarandeó la cabeza y percibió toda clase de olores venenosos, sonidos rítmicos y formas geométricas luminosas trazando órbitas a su alrededor. Estando inmerso en el éxtasis psicodélico Yherig pudo llegar a articular una frase en su mente.

¿Quién es como yo? - Yherig cogitó.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Colmillo de ángel

Tras cruzar los ruinosos muros y eludir la detección logré infiltrarme en la caverna de mando. Allí pude observar todo tipo de actividades de preparación bélica típicos de la antigua civilización imperialista de Sukraia. Desde sus psicóticos entrenamientos militares y juramentos de destrucción hasta los ritos necrománticos y orgías de sangre. Más adelante encontré una planta de fabricación de armas eteocléicas.

Entonces, al presenciar esta amenaza neosukraiana, supe que se trataba de la prueba inequívoca de que una época de tremendas guerras y terribles catástrofes se aproximaba. Masacres a gran escala. Violencia y crueldad en su forma más macabra. Una época llena de muerte, demencia y brutalidad.

No pude evitar sentir cierto regocijo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Viento sois

Vagi. Mani. Tabi. Hari. Cafi.
Hld. Dok. Yur. Mne.
Yi. Zu. Xk.
E. E.

martes, 26 de julio de 2011

Filetes de panda

Suzzi- ¿Joseph? ¿Estás ahí?
Centaurov- ¡No!
S- Escucha, el Teniente dice que el sistema de calefacción del servicio de la sección K no funciona.
C- Joder, ¿otra vez?
S- Dice que a lo mejor lo que falla es la batería interna.
C- No es eso. La cambié la semana pasada.
S- A lo mejor es defectuosa.
C- Tampoco. La probé con el trolley.
S- Esas baterías de gamertasio son una mierda; sobre todo las cuadradas, a mí se me jodió la de la cinta de correr el otro día.
C- Que no es la batería. Además, la que está puesta es una normal, no de gamertasio.
S- Bueno, pues lo que sea. Échale un vistazo, ¿vale?
C- ¿Y no puede ir el Teniente al servicio de la sección Q?
S- No sé, será que le gusta más el de la K.
C- Bueno, voy para allá cuando acabe esto... ¿Qué? ¿Qué tiene tanta gracia?
S- Nada, es que me acabo de imaginar al Teniente ahí congelándose mientras caga...
C- Sí, ya le vale.
S- Venga, nos vemos después.
C- ¡Espera, Luigi!
S- ¿Qué pasa?
C- Entonces... ¿El Teniente te había ordenado que me dijeras esto?
S- Pues sí. Hombre, tampoco ha sido como una orden seria; simplemente me ha dicho que te lo recuerde.
C- ¿Y por qué no te lo ha mandado a ti?
S- Pues supongo que pensará que a ti se te dan mejor las reparaciones y esas cosas. Además, tú eres más alto y llegas mejor al cuadro de cableado; yo tendría que usar una escalera.
C- Vale, vale; es lo que hay. Aunque yo también necesito una escalera...
S- Ah, por cierto, no te habrás olvidado del partido de hoy, ¿no?
C- No olvido. Cambio y corto.

jueves, 30 de junio de 2011

Fa

Sistemática melancolía, respiro esencia de impacto.
Furiosa cólera, trapecio isósceles.
Potencia homicida, demasiado negro para el ojo.
Horizonte absorbente, tecnología mitológica.

Esto no es una amenaza.

martes, 31 de mayo de 2011

Cromático neumático

Los astros en combustión más cercanos han ardido intensamente sobre playas de óxido durante los últimos tiempos. Los sabios de las poblaciones tribales costeras Wuhaovíes han vaticinado que el fin del mundo está próximo.

Todos los habitantes, reunidos en la plaza central, se despiden en silencio de un grupo de jóvenes vigorosos: ocho campeones, varones y hembras, provenientes de todas las tribus de la costa. Representan un último intento desesperado por preservar la raza y la cultura Wuhaoví. Una vez se han marchado, el resto de la población aguarda el posible momento final en paciente resignación, lo cual otorga a la noche una atmósfera mística, inquietante y absolutamente apacible.

El aroma del mar y del óxido de cobre caracterizan al sitio con su esencia particular. Un soldado chamánico guía a los campeones de las tribus a través de la arena metalizada. Con un gesto les indica que será preciso nadar, tras lo cual se introduce en el mar sereno y se sumerge con lentitud. Los otros le siguen solemnemente.

Todos bucean bajo las olas hasta llegar a un arrecife gigante de forma piramidal. Allí, el chamán les señala un estrecho hueco en la roca cobriza, una especie de cueva submarina que abre un camino descendiente hacia el interior del arrecife. Está muy oscura. Sin mostrar el menor miedo, los campeones entran uno a uno y van desapareciendo para siempre de los límites conocidos por las civilizaciones vigentes.

Tras un tiempo buceando pendiente abajo y a oscuras, los campeones se topan con una curva ascendente, por la que suben hasta divisar la luz verdosa de la prometida superficie. Aliviados, salen del agua y comienzan a explorar el nuevo entorno. No hay cielo ni astros. Se encuentran en una singular cámara submarina iluminada por el aura resplandeciente de cientos de pequeñas esferas verdes que cuelgan de las paredes. Es un espacio asombrosamente extenso, cubierto de arena cobriza y algunos matorrales con diversos frutos desconocidos.

El que caminaba el primero, de pronto se da la vuelta, y tras lanzar una aguda mirada al resto les anuncia:
-Ya no sois mis hermanos. Ahora yo soy vuestro rey.

martes, 5 de abril de 2011

Pececillos de cristal verdoso

Escúchame atentamente. Sé quien eres. Sé lo que buscas. Sé de dónde vienes y sé a dónde vas. Tú no sabes exactamente quién soy yo, pero me conoces. A partir de ahora me obedecerás incuestionablemente. Y no harás nada que no te ordene.

Lo primero que debes hacer es mirar tu mano derecha. Mírala bien. Fíjate primero en los detalles; las arrugas en la piel, la concavidad de la palma, las yemas de los dedos, la lisa dureza de las uñas, esos vellos que parecen saber dónde deben crecer y dónde no. Admira la perfección de tus dedos, todas esas articulaciones capaces de girar noventa grados. Cierra el puño. Ahora vas a ver esa complicada red de venas y tendones en tu muñeca. Hay más venas por detrás, debajo de esos huesudos y peligrosos nudillos. Abre la mano. Concéntrate en el pulgar, concentra toda la energía de tu cuerpo en la punta. Con este dedo marginado, suavemente, toca las puntas de los otros cuatro dedos. Después, muévelo en todas las direcciones posibles y observa como estos movimientos repercuten sobre el resto de la mano. Muévelo alocadamente; tu pulgar ha enloquecido e intenta escapar desesperadamente de la mano. Mira de nuevo el tendón de tu muñeca, por ahí están pasando las órdenes a tu pulgar. Pero éste no logrará su huida. Rápidamente y con contundencia, tus otro cuatro dedos se abalanzan sobre él y lo aprisionan contra la palma. Por unos momentos tu pulgar se resiste, pero no tarda en rendirse, vencido. Los dedos superiores siguen apretando al otro con fuerza.

Ahora contempla la postura en la que ha quedado tu mano. Este curioso puño con el pulgar dentro. Debido a la presión que ejerces con los cuatro dedos, estás notando una pequeña molestia en el nudillo del pulgar. Concéntrate en ese punto. No llega a ser dolor, sólo es una molestia. Mantén la mano en esa posición. Mira a la pared. Sí, esa pared. En ningún momento deshagas la postura de tu mano derecha. Quiero que toques esa pared con dicha mano. Suavemente, acaríciala con tus nudillos. Bien; así. Suficiente. Ahora prepárate, porque se acerca el momento clave. Colócate a menos de un falgo de la pared. Respira hondo. Concentra toda la energía en el puño. Cuando yo te diga, vas a golpear la pared con todas tus fuerzas con este puño. Piensa en el momento, en el ahora. Piensa en la intensidad, en todo tu poder. La energía irradia de tu puño y se extiende por todo tu brazo, que ahora se encuentra en tensión. Cierra los ojos. No los abras todavía. Cuando los abras, brillarán con una intensa luz verde. No te asustes, pues esta luz proviene de ti y simboliza tu poder. En cuanto abras los ojos ejecutarás el movimiento que te he descrito. Recuerda que sólo vas a tener una oportunidad de hacer esto, así que asegúrate de que el movimiento sea lo más potente y preciso que puedas. Notas tu corazón alarmado, propulsando sangre por todo tu cuerpo. Respira hondo una última vez. Contaré hasta tres. En cuanto acabe, abrirás los ojos con una intensa luz verde y golpearás la pared con tu puño derecho cuan fuerte eres.

Uno, dos, tres.

Dolor, dolor, dolor. Siéntelo. No trates de evadirte. Mira de nuevo tu mano, está temblorosa. Mira ahora tu roto pulgar. Viste la luz, viste ese fogonazo verde. No hay duda. Ya sabes lo que significa, recluta.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Operación Molocó

La tormenta caía monótonamente sobre la noche. Desde la ventana de su humilde morada, una joven campesina observaba con tristeza cómo los cultivos de su familia quedaban encharcados por la incesante lluvia. Su melena dorada ondeaba con el viento cual bandera de nación derrotada hecha jirones. De pronto, la melancólica estampa fue interrumpida por una figura a contraluz de la Luna Roja Oriental que captó la atención de la joven. La figura perfilaba la forma de un jinete encapuchado que cabalgaba pesadamente a través de la tormenta. Se aproximaba velozmente hacia el hogar de la joven.

El jinete, llegado a su destino, desmontó y caminó hasta la puerta de la casa, donde llamó con tres golpes contundentes. La joven, algo inquieta, se colocó detrás de la puerta y preguntó prudentemente:
-¿Quién es?
-¿Es aquí donde vive el campesino Trewe McVitrè?
-Es mi padre. Pero no se encuentra aquí. ¿Quién pregunta por él?
-Soy un enviado de la ley. Abra la puerta.
La campesina obedeció. El hombre era de mediana edad, alto y con el rostro huesudo. Vestía una túnica granate y portaba una espada en el cinto. Estaba totalmente empapado por la lluvia.
-¿Puedo pasar?
-¿Es usted de la guardia del puente de Galow?
-No señorita, permítame que me presente; mi nombre es Luc Belzeloy. Soy un caballero de la Orden de Totsic al servicio del ducado de Hraninburgo. Vengo desde muy lejos, por lo que le agradecería que me permitiera pasar para hablar dentro.

La joven se echó a un lado de la puerta en señal de bienvenida. El caballero dio unos pasos hacia dentro. La campesina cerró la puerta tras él y después de un breve silencio le dijo:
-Ha tenido usted mala suerte al tener que viajar desde tan lejos con este mal tiempo. Deme su túnica y se la pondré junto al fuego para que se seque.
-Gracias.
El caballero se quitó su gruesa túnica, tras la cual lucía un vistoso colgante de hierro en forma de puño con el índice extendido, símbolo que le delataba como seguidor de la doctrina carbonista. Mientras, la joven escurría la túnica cuanto le permitía su fuerza, y le dijo:
-Pues como le he dicho antes, mi padre no está. Se marchó con mis hermanos hará unos tres días para ayudar a un amigo a exterminar una plaga.
-¿Una plaga?
-Sí, una plaga de ratas, me imagino.
-Curioso.
-Oiga, ¿le apetece un poco de té de orízalo? Acabo de preparar un poco.
-La verdad es que me encantaría.
-Pues adelante, sírvase. Está en la tetera sobre la mesa.
-Gracias. ¿Utilizo esta taza?
-¿Cuál? Ah no, disculpe, esa está sucia. Coja cualquiera de las que están en ese armario.
-De acuerdo. Le debo confesar que el orízalo es una de mis debilidades.
-¿Ah, sí? Pues espero que este le guste; es de nuestro propio cultivo.
La joven finalmente acabó de escurrir la túnica y la colgó. El caballero se sirvió el té y probó un poco.
-¿Le gusta?
-Está delicioso.
-Siéntese por favor, está en su casa.
-Muy amable.

Ambos tomaron sitio alrededor de la mesa. El caballero preguntó:
-¿Entonces le han dejado sola cuidando de la casa?
-Bueno, no exactamente. Verá, tengo tres hermanos; dos de ellos se fueron con mi padre, y el tercero se suponía que debía quedarse conmigo cuidando de la casa y el cultivo. Pero como por culpa de esta maldita lluvia no queda mucho cultivo que cuidar, se fue a pasar unos días con... Bueno, con una compañera suya.
-Dejándola a usted sola.
La joven asintió. El caballero continuó:
-¿Es usted la menor de sus hermanos?
-Sí.
-¿Y su madre?
-Murió. Por lo visto mi parto fue complicado.
-Ya veo. Lo siento.
-No se preocupe.
Tras una pequeña pausa, la joven preguntó:
-¿Qué asuntos tiene mi padre en Hraninburgo?
El caballero no contestó. La joven añadió:
-¿Porqué le busca?
El caballero permaneció en silencio un momento y dio otro sorbo al té de orízalo. Tras el cual dijo:
-Qué mala suerte que me pregunte eso.
-¿Porqué lo dice? No lo entiendo.
-Porque este té de orízalo es el mejor que he probado en mi vida, y me habría gustado repetir.
-Me está usted asustando.
-No se asuste. Jamás me atrevería a hacerle daño a una criatura tan hermosa e inocente; no sería un acto muy carbonista. Pero he de comunicarle que su padre, Trewe McVitrè, ha sido declarado criminal peligroso en el ducado de Hraninburgo y enemigo público en todo el reino de Pálluva. ¿Le sorprende?
-Es imposible. Está usted de broma.
-No bromearía con un asunto tan serio. Tampoco es su culpa si su padre ha preferido no contarle nada. De hecho, lo comprendo totalmente. Creo que yo tampoco se lo contaría a mi hija si colaborara en atentados y conspiraciones contra la nobleza y por ello fuera culpable de los mayores delitos penales y alta traición.

La joven campesina había quedado perpleja. El caballero se levantó de la silla y continuó:
-Siento mucho haber roto su feliz muro de ignorancia, señorita McVitrè. Claramente no soy tan hábil para la mentira y el subterfugio como su progenitor.
La joven seguía incapaz de concebir respuesta.
-¿Entiende ahora porqué no me va a servir más de su delicioso té? Pero no se altere, ya me marcho.
El caballero descolgó su túnica y se la puso.
-En cualquier caso ha sido un placer compartir estos momentos. Le agradezco la hospitalidad. Su padre deberá estar orgulloso de usted. Y si le vuelve a ver, no olvide decirle que Luc Belzeloy probó el orízalo de su huerto y tuvo piedad de su hermosa hija.

Con esto, emitió una carcajada eufórica y salió de la casa dejando la puerta entreabierta.

lunes, 28 de febrero de 2011

Sesión de tortura XXI

He de reconocer que aquellos gigantescos asteroides costeros que vimos anoche despertaron en mi interior un fuerte sentimiento de nostalgia, interrumpido en cuatro ocasiones por una mezcla de furia destructora, jaqueca e hipersexualidad, que a su vez contenían intermitentes interludios psicodélicos, señal de la más clara y absoluta incompetencia y religiosidad ferviente.

domingo, 23 de enero de 2011

Ignocentrismo para las masas

Aéogor, un híbrido de cocodrilo y mandril, sostenía a la niña entre sus terribles garras. Su monstruoso rostro reflejaba una singular ternura mientras miraba a la pequeña durmiente. Muy despacio, apartó un mechón de cabello rubio y acarició suavemente su mejilla. La pequeña reaccionó al gesto de cariño entreabriendo sus ojos cristalinos. Ambos se miraron con eterna dulzura.
-Qué bonitos ojos tienes, niña querida.
Se esbozó una sonrisa en el pálido rostro angelical. Y de nuevo se le cerraron los párpados por el cansancio.
-Duerme, niña querida, duerme.