martes, 5 de abril de 2011

Pececillos de cristal verdoso

Escúchame atentamente. Sé quien eres. Sé lo que buscas. Sé de dónde vienes y sé a dónde vas. Tú no sabes exactamente quién soy yo, pero me conoces. A partir de ahora me obedecerás incuestionablemente. Y no harás nada que no te ordene.

Lo primero que debes hacer es mirar tu mano derecha. Mírala bien. Fíjate primero en los detalles; las arrugas en la piel, la concavidad de la palma, las yemas de los dedos, la lisa dureza de las uñas, esos vellos que parecen saber dónde deben crecer y dónde no. Admira la perfección de tus dedos, todas esas articulaciones capaces de girar noventa grados. Cierra el puño. Ahora vas a ver esa complicada red de venas y tendones en tu muñeca. Hay más venas por detrás, debajo de esos huesudos y peligrosos nudillos. Abre la mano. Concéntrate en el pulgar, concentra toda la energía de tu cuerpo en la punta. Con este dedo marginado, suavemente, toca las puntas de los otros cuatro dedos. Después, muévelo en todas las direcciones posibles y observa como estos movimientos repercuten sobre el resto de la mano. Muévelo alocadamente; tu pulgar ha enloquecido e intenta escapar desesperadamente de la mano. Mira de nuevo el tendón de tu muñeca, por ahí están pasando las órdenes a tu pulgar. Pero éste no logrará su huida. Rápidamente y con contundencia, tus otro cuatro dedos se abalanzan sobre él y lo aprisionan contra la palma. Por unos momentos tu pulgar se resiste, pero no tarda en rendirse, vencido. Los dedos superiores siguen apretando al otro con fuerza.

Ahora contempla la postura en la que ha quedado tu mano. Este curioso puño con el pulgar dentro. Debido a la presión que ejerces con los cuatro dedos, estás notando una pequeña molestia en el nudillo del pulgar. Concéntrate en ese punto. No llega a ser dolor, sólo es una molestia. Mantén la mano en esa posición. Mira a la pared. Sí, esa pared. En ningún momento deshagas la postura de tu mano derecha. Quiero que toques esa pared con dicha mano. Suavemente, acaríciala con tus nudillos. Bien; así. Suficiente. Ahora prepárate, porque se acerca el momento clave. Colócate a menos de un falgo de la pared. Respira hondo. Concentra toda la energía en el puño. Cuando yo te diga, vas a golpear la pared con todas tus fuerzas con este puño. Piensa en el momento, en el ahora. Piensa en la intensidad, en todo tu poder. La energía irradia de tu puño y se extiende por todo tu brazo, que ahora se encuentra en tensión. Cierra los ojos. No los abras todavía. Cuando los abras, brillarán con una intensa luz verde. No te asustes, pues esta luz proviene de ti y simboliza tu poder. En cuanto abras los ojos ejecutarás el movimiento que te he descrito. Recuerda que sólo vas a tener una oportunidad de hacer esto, así que asegúrate de que el movimiento sea lo más potente y preciso que puedas. Notas tu corazón alarmado, propulsando sangre por todo tu cuerpo. Respira hondo una última vez. Contaré hasta tres. En cuanto acabe, abrirás los ojos con una intensa luz verde y golpearás la pared con tu puño derecho cuan fuerte eres.

Uno, dos, tres.

Dolor, dolor, dolor. Siéntelo. No trates de evadirte. Mira de nuevo tu mano, está temblorosa. Mira ahora tu roto pulgar. Viste la luz, viste ese fogonazo verde. No hay duda. Ya sabes lo que significa, recluta.