La tormenta caía monótonamente sobre la noche. Desde la ventana de su humilde morada, una joven campesina observaba con tristeza cómo los cultivos de su familia quedaban encharcados por la incesante lluvia. Su melena dorada ondeaba con el viento cual bandera de nación derrotada hecha jirones. De pronto, la melancólica estampa fue interrumpida por una figura a contraluz de la Luna Roja Oriental que captó la atención de la joven. La figura perfilaba la forma de un jinete encapuchado que cabalgaba pesadamente a través de la tormenta. Se aproximaba velozmente hacia el hogar de la joven.
El jinete, llegado a su destino, desmontó y caminó hasta la puerta de la casa, donde llamó con tres golpes contundentes. La joven, algo inquieta, se colocó detrás de la puerta y preguntó prudentemente:
-¿Quién es?
-¿Es aquí donde vive el campesino Trewe McVitrè?
-Es mi padre. Pero no se encuentra aquí. ¿Quién pregunta por él?
-Soy un enviado de la ley. Abra la puerta.
La campesina obedeció. El hombre era de mediana edad, alto y con el rostro huesudo. Vestía una túnica granate y portaba una espada en el cinto. Estaba totalmente empapado por la lluvia.
-¿Puedo pasar?
-¿Es usted de la guardia del puente de Galow?
-No señorita, permítame que me presente; mi nombre es Luc Belzeloy. Soy un caballero de la Orden de Totsic al servicio del ducado de Hraninburgo. Vengo desde muy lejos, por lo que le agradecería que me permitiera pasar para hablar dentro.
La joven se echó a un lado de la puerta en señal de bienvenida. El caballero dio unos pasos hacia dentro. La campesina cerró la puerta tras él y después de un breve silencio le dijo:
-Ha tenido usted mala suerte al tener que viajar desde tan lejos con este mal tiempo. Deme su túnica y se la pondré junto al fuego para que se seque.
-Gracias.
El caballero se quitó su gruesa túnica, tras la cual lucía un vistoso colgante de hierro en forma de puño con el índice extendido, símbolo que le delataba como seguidor de la doctrina carbonista. Mientras, la joven escurría la túnica cuanto le permitía su fuerza, y le dijo:
-Pues como le he dicho antes, mi padre no está. Se marchó con mis hermanos hará unos tres días para ayudar a un amigo a exterminar una plaga.
-¿Una plaga?
-Sí, una plaga de ratas, me imagino.
-Curioso.
-Oiga, ¿le apetece un poco de té de orízalo? Acabo de preparar un poco.
-La verdad es que me encantaría.
-Pues adelante, sírvase. Está en la tetera sobre la mesa.
-Gracias. ¿Utilizo esta taza?
-¿Cuál? Ah no, disculpe, esa está sucia. Coja cualquiera de las que están en ese armario.
-De acuerdo. Le debo confesar que el orízalo es una de mis debilidades.
-¿Ah, sí? Pues espero que este le guste; es de nuestro propio cultivo.
La joven finalmente acabó de escurrir la túnica y la colgó. El caballero se sirvió el té y probó un poco.
-¿Le gusta?
-Está delicioso.
-Siéntese por favor, está en su casa.
-Muy amable.
Ambos tomaron sitio alrededor de la mesa. El caballero preguntó:
-¿Entonces le han dejado sola cuidando de la casa?
-Bueno, no exactamente. Verá, tengo tres hermanos; dos de ellos se fueron con mi padre, y el tercero se suponía que debía quedarse conmigo cuidando de la casa y el cultivo. Pero como por culpa de esta maldita lluvia no queda mucho cultivo que cuidar, se fue a pasar unos días con... Bueno, con una compañera suya.
-Dejándola a usted sola.
La joven asintió. El caballero continuó:
-¿Es usted la menor de sus hermanos?
-Sí.
-¿Y su madre?
-Murió. Por lo visto mi parto fue complicado.
-Ya veo. Lo siento.
-No se preocupe.
Tras una pequeña pausa, la joven preguntó:
-¿Qué asuntos tiene mi padre en Hraninburgo?
El caballero no contestó. La joven añadió:
-¿Porqué le busca?
El caballero permaneció en silencio un momento y dio otro sorbo al té de orízalo. Tras el cual dijo:
-Qué mala suerte que me pregunte eso.
-¿Porqué lo dice? No lo entiendo.
-Porque este té de orízalo es el mejor que he probado en mi vida, y me habría gustado repetir.
-Me está usted asustando.
-No se asuste. Jamás me atrevería a hacerle daño a una criatura tan hermosa e inocente; no sería un acto muy carbonista. Pero he de comunicarle que su padre, Trewe McVitrè, ha sido declarado criminal peligroso en el ducado de Hraninburgo y enemigo público en todo el reino de Pálluva. ¿Le sorprende?
-Es imposible. Está usted de broma.
-No bromearía con un asunto tan serio. Tampoco es su culpa si su padre ha preferido no contarle nada. De hecho, lo comprendo totalmente. Creo que yo tampoco se lo contaría a mi hija si colaborara en atentados y conspiraciones contra la nobleza y por ello fuera culpable de los mayores delitos penales y alta traición.
La joven campesina había quedado perpleja. El caballero se levantó de la silla y continuó:
-Siento mucho haber roto su feliz muro de ignorancia, señorita McVitrè. Claramente no soy tan hábil para la mentira y el subterfugio como su progenitor.
La joven seguía incapaz de concebir respuesta.
-¿Entiende ahora porqué no me va a servir más de su delicioso té? Pero no se altere, ya me marcho.
El caballero descolgó su túnica y se la puso.
-En cualquier caso ha sido un placer compartir estos momentos. Le agradezco la hospitalidad. Su padre deberá estar orgulloso de usted. Y si le vuelve a ver, no olvide decirle que Luc Belzeloy probó el orízalo de su huerto y tuvo piedad de su hermosa hija.
Con esto, emitió una carcajada eufórica y salió de la casa dejando la puerta entreabierta.