Recuerdo la mirada fija del recluta Da Croix mientras me narraba un sueño en el que mujeres gigantes y grasientas le curaban las heridas que ellas mismas le habían provocado.
Habíamos hecho una parada en una estación espacial de Primavera V cuando, de repente, empezó a tocar una banda de músicos itinerantes con extraños sombreros. El cantante solista cogió aire, pero en lugar de cantar permaneció inmóvil, pensativo, mientras la exótica melodía seguía sonando. Emergió una lágrima de color naranja en sus ojos, y en la lágrima vi al recluta Da Croix tumbado desnudo entre enormes rostros femeninos. Una de aquellas mujeres pestañeó dos veces y bostezó perezosamente. El clímax del bostezo coincidió con el del himno que tocaba la banda y, entonces, el recluta Da Croix me dijo:
Habíamos hecho una parada en una estación espacial de Primavera V cuando, de repente, empezó a tocar una banda de músicos itinerantes con extraños sombreros. El cantante solista cogió aire, pero en lugar de cantar permaneció inmóvil, pensativo, mientras la exótica melodía seguía sonando. Emergió una lágrima de color naranja en sus ojos, y en la lágrima vi al recluta Da Croix tumbado desnudo entre enormes rostros femeninos. Una de aquellas mujeres pestañeó dos veces y bostezó perezosamente. El clímax del bostezo coincidió con el del himno que tocaba la banda y, entonces, el recluta Da Croix me dijo:
-Vamos.
Y al decir aquello, exactamente mientras pronunciaba la vocal "a", su voz se elevó varios tonos de forma inesperada causando un efecto risible que se manifestó en mi ser.