Suzzi- Mira. Mira ese orangután, como salta, gime, y golpea el suelo.
Centaurov- ¿Dónde?
S- Anda, pero si vienen más. Deben ser sus amigos. Ahí. ¿Los ves ahí danzando?
C- Pues no. No sé donde dices.
S- Justo ahí, entre esos escombros de prostíbulo y esa bomba eteocléica.
C- Te lo estás inventando...
S- Que no, hombre. Que están justo ahí todos los monos. Deben ser unos seis o siete. Ah no, están viniendo más todavía. Quieren unirse a la fiesta.
C- Venga, sigamos. Creo que te está afectando esta atmósfera tan densa.
S- No digas tonterías. Están ahí enfrente, si no los ves debes necesitar gafas o algo así.
C- Mi vista está perfectamente, y te aseguro que ahí no hay más que césped y algún charco que otro. Estás sufriendo alucinaciones. Tranquilo, son inofensivas. Tú relájate y...
S- Sssh, calla. Nos están haciendo señales... Creo que quieren que nos unamos a ellos.
C- Vámonos, Luigi. Esto no me gusta. ¡Entra en razón, estás alucinando! Allí no hay nada. Es una ilusión. Tan sólo una ilusión.
S- ¡Mentira!
Entonces el recluta Suzzi, salió corriendo atropelladamente como un pobre bastardo perseguido por el mismísimo Frío. Y cuando llegó al lugar que indicaba comenzó a bailar una especie de danza macabra con movimientos de primate, mientras emitía gritos y aullidos desgarradores dignos del hombre desquiciado en el que se había convertido. Centaurov, aterrado, al fin pudo ver a todos los simios a los que momentos antes había llamado ilusiones.
C- ¡No puede ser! ¿Existen? ¿Estoy alucinando yo también? ¿Me llaman?