No había visto cosa igual desde aquella vez que naufragué en el océano glacial Isterioso. La misión diplomática de representación federal era sin duda una de las más sencillas que recuerdo de aquella época. Sin embargo, una implacable tormenta hundió nuestra embarcación y me escupió sobre las orillas de un extraño continente habitado por gentes que profesaban un culto al verbo ser.