Con toda la solemnidad que sus ruidosas armaduras y embarradas botas les permitían, los diecisiete veteranos carbonistas recorrían la senda de antorchas. La cálida luz del alba proyectaba complejas series de sombras en perfecta simetría a ambos lados del camino. Ante la ausencia de un caballero de mayor rango, Luc Belzeloy dirigía la heroica compañía de los únicos diecisiete supervivientes aún en condiciones de caminar tras el conflicto que sería conocido como el Asedio de Quimeni. Tras treinta jornadas de sitio y toda una noche de batalla sin cuartel, el reto de los caballeros era el de disimular su fatiga y mantener una apariencia digna al menos hasta que terminara su audiencia con la Deia-Emperatriz.
Al fondo, rodeada de guardias dorados, se encontraba la majestuosa estructura piramidal que servía de campamento imperial; en lo alto había un gran trono tapado por velos traslúcidos. Luc ya había tenido el privilegio de ver a la Deia-Emperatriz una vez cuando era apenas una niña destetada demasiado inquieta para permanecer sentada en el enorme trono. Recordaba sus infantiles mofletes, aunque, por más que lo intentaba, era incapaz de calcular cuándo ocurrió aquello, a causa del cansancio quizá.
Una vez los caballeros llegaron a la base de la pirámide, resonó un breve repique musical y toda la corte se inclinó al unísono. Los caballeros cayeron con pesadez sobre sus rodillas, soltaron todas las armas y estandartes y juntaron las manos en gesto de devoción. Luc Belzeloy alzó la mirada y vio el fino velo sobre lo alto descorrerse revelando a su divinidad imperial: una corpulencia de inmensidad mórbida como jamás había presenciado el caballero en todos sus ciclos de veteranía. La Deia-Emperatriz estaba envuelta en un extenso manto de un material semejante al de los velos de la pirámide y el trono que antes parecía colosal ahora apenas podía abarcar la ovalada envergadura de su dueña. Las rollizas manos y pies al descubierto permitían distinguir sus extremidades que de otro modo se habrían perdido entre los pliegues adiposos. Luc Belzeloy se aclaró la garganta.
- Divina Alteza, ante vos presento...
Entonces una repentina voz interrumpió al caballero. El espeso chillido proveniente de la Deia-Emperatriz continuó hasta que ésta se quedó sin aliento. Inspiró con violencia y volvió a emitir un gemido que adoptó el entrecortado ritmo típico de la risa. Tras cada ruidosa inspiración, siguió emitiendo carcajada tras carcajada en un gelatinoso jolgorio que retumbó desde lo alto y sacudió los corazones de todos los presentes.
Una vez los caballeros llegaron a la base de la pirámide, resonó un breve repique musical y toda la corte se inclinó al unísono. Los caballeros cayeron con pesadez sobre sus rodillas, soltaron todas las armas y estandartes y juntaron las manos en gesto de devoción. Luc Belzeloy alzó la mirada y vio el fino velo sobre lo alto descorrerse revelando a su divinidad imperial: una corpulencia de inmensidad mórbida como jamás había presenciado el caballero en todos sus ciclos de veteranía. La Deia-Emperatriz estaba envuelta en un extenso manto de un material semejante al de los velos de la pirámide y el trono que antes parecía colosal ahora apenas podía abarcar la ovalada envergadura de su dueña. Las rollizas manos y pies al descubierto permitían distinguir sus extremidades que de otro modo se habrían perdido entre los pliegues adiposos. Luc Belzeloy se aclaró la garganta.
- Divina Alteza, ante vos presento...
Entonces una repentina voz interrumpió al caballero. El espeso chillido proveniente de la Deia-Emperatriz continuó hasta que ésta se quedó sin aliento. Inspiró con violencia y volvió a emitir un gemido que adoptó el entrecortado ritmo típico de la risa. Tras cada ruidosa inspiración, siguió emitiendo carcajada tras carcajada en un gelatinoso jolgorio que retumbó desde lo alto y sacudió los corazones de todos los presentes.