miércoles, 31 de enero de 2018

Traje de tonto

Bastaría con sacar un tres en el dado de seis caras para conseguir aquello que el recluta Mburst deseaba con tanto fervor.  Tan sólo si obtuviera un uno o un dos perdería esta oportunidad tan valiosa que se le había presentado.  Seis, cinco, cuatro, e incluso tres sería suficiente.  Mburst sabía que las leyes de la probabilidad le favorecían, aunque también que el fracaso no era imposible.  Frotó el dado entre las manos y exhaló una bocanada de aliento sobre él.  Agitó el puño en el que lo sostenía, como cargándolo de toda energía que pudiera inclinar la fortuna de su lado.  Lo lanzó de forma que rodara un poco sobre el tablero y cuando el dado se detuvo quedó mostrando la cara en la que figuraba un uno.

El recluta lamentó la pésima tirada sacudiendo la cabeza hacia los lados.  Sabía que ésta no se trataba de su última posibilidad, pero del mismo modo sabía que no contaría con muchas más.  Sabía que si bien lo más probable es que pudiera al fin obtener lo que anhelaba, podía darse el caso de perder tan evidente oportunidad para siempre.  Esta idea le aterraba.  Volvió a tomar el dado en su mano.  Las probabilidades eran las mismas: bastaba con sacar un tres.  Simplemente debía ser más de dos.  Un cinco, por ejemplo, sería una cómoda victoria.  Mburst, con la idea fija en sacar un magnífico cinco, repitió su ritual: exhaló sobre el dado, lo agitó y lo lanzó.  El resultado de la tirada fue dos.

Mburst emitió una exclamación de rabia hacia lo alto.  Chasqueó los dientes y apretó la mandíbula.  Cerró los ojos con fuerza con la irracional esperanza de que al abrirlos el resultado fuera distinto; pero no, el dado seguía mostrando el fatídico dos.  El recluta mantuvo su mirada fija sobre aquellos dos pequeños símbolos negros mientras reflexionaba sobre su situación.  Contaba con una última oportunidad.  Una última tirada que le permitiría alcanzar eso que determinaba el sentido de su propia existencia.  Pensó en abandonar, dejarlo en aquel momento, huir de aquella situación en la que la pérdida anularía su sueño para siempre; claro que entonces de igual modo nunca lo lograría.  Con cierta torpeza provocada por los nervios volvió a estirar el brazo para alcanzar el dado.  Lo colocó sobre la sudorosa palma de su mano y lo observó unos momentos.  Resopló.  Al fin y al cabo, el éxito seguía siendo lo más probable.  Tres fracasos seguidos sería algo impensable.  Cualquier cosa excepto uno o dos.  El recluta exhaló.  Cualquier cosa excepto uno o dos.  El recluta agitó.  Cualquier cosa excepto uno o dos.  El recluta lanzó...