Me encontraba en un cuartel de antaño entre paredes sucias y macetas rotas. Esperaba mi turno en una cola de reclutas. Miré por la ventana y vi un día claro y luminoso. Salí por la ventana y caminé a través de los jardines secos. Había un pozo, una valla y un camino. Recorrí el camino hasta encontrar una caseta en ruinas. En la caseta encontré una trampilla hacia un oscuro pasadizo que me condujo a unas inmensas galerías. Salí del extraño laberinto cuando llegué a una sala en cuyo interior se hallaba una escalera polvorienta por la que subí. La intensa luz del exterior me cegó y provocó que salieran lágrimas de mis ojos. Fue entonces cuando distinguí en el horizonte la imagen de un hombre vestido de blanco montado sobre un asno. El animal giró su rostro hacia mí, y me pareció que me miraba. Y sentí una tremenda congoja, y una apabullante alegría, y las lágrimas brotaban de mis ojos.