Las magníficas cornamentas de los cuerpos sin vida de dos robustos beodontos se alzaban junto a la inmensa hoguera proyectando extrañas sombras crepitantes. La tribu de los Wadtogki celebraba alrededor del fuego con cánticos, danzas y frenéticos ritmos la abundante cacería que su destreza, así como su devoción al Espíritu de Muchos Colmillos, les había brindado.
Eegke, aún demasiado joven para ir de caza o para bailar la sensual danza del abpuibpui-kemé, contemplaba sentado abrazándose las rodillas. Observaba en especial a Hannwe, una joven algunos ciclos mayor que él cuyas caderas curvadas trazaban serpenteantes movimientos al son de los tambores. Las caderas eran seguidas por el resto de su cuerpo esbelto sobre la que ondeaba una oscura melena a contraluz de la hoguera. Eegke no podía perder detalle, fascinado por las sutiles insinuaciones de cada paso. Jamás se había sentido de aquella manera, y sin comprender por qué ahora tenía esa sensación, sabía sólo que deseaba con todo su ser besar la suave piel del abdomen de Hannwe. Quería manosear todo su rostro. Quería abrazarla con fuerza y enterrar la nariz entre sus pechos.
Esto quería Eegke cuando, de pronto, en pleno éxtasis rítmico de la danza, los profundos ojos de Hannwe se posaron sobre el joven. Fue sólo un pequeño instante, una diminuta porción de momento, un brevísimo contacto visual imperceptible para cualquiera ajeno a los dos. Una mirada que condenaría a la tribu a un destino atroz.
Esto quería Eegke cuando, de pronto, en pleno éxtasis rítmico de la danza, los profundos ojos de Hannwe se posaron sobre el joven. Fue sólo un pequeño instante, una diminuta porción de momento, un brevísimo contacto visual imperceptible para cualquiera ajeno a los dos. Una mirada que condenaría a la tribu a un destino atroz.