martes, 31 de julio de 2012

Ictus

Un halo de desolación absoluta inundaba la penumbrosa estancia.  En una esquina, sentado contra la pared y la cara hundida entre las rodillas se encontraba el recluta Pena, cuya mente atormentada desbordaba una profunda angustia.

De pronto, el agonizante soldado notó una presencia extraña.  Muy despacio alzó la mirada ojerosa hasta dar con el intruso:  un niño de origen tefardí se encontraba al otro lado del marco de la puerta mirándole con fijeza.  El recluta Pena sintió su corazón acelerándose junto con el terror inicial que le provocó la imagen.  Luego de observarlo unos momentos el soldado comprendió lo que ocurría.  Pena enseguida supo que ese niño era en realidad la encarnación de sus horrores, sus fantasmas y demonios particulares, principal y único causante de toda su ansiedad y sufrimiento.  En definitiva, era una representación maligna de las torturas por las que había pasado.  El infante continuaba contemplándolo con gesto inexpresivo.

El recluta Pena se levantó.  Encorvado, con ojos rojos y saltones fijos en el niño, Pena utilizaba ambas manos para gesticular exageradamente mientras le susurraba con la voz rota:

- Ven...  Ven.  Niño, ven aquí...

El párvulo permaneció inmóvil.  Pena, sin apartar de él su mirada furiosa, muy lentamente alargó su brazo derecho hasta alcanzar un cuchillo de cocina que se hallaba sobre una mesa.

- Niño...  Niño bonito, ven...  Bueno, ya voy yo...  No te muevas, niño...  No te muevas...

El soldado, con el filo mortal escondido tras la espalda, muy lentamente, como el cazador acechando a su presa, comenzó a dar pasos cortos hacia el pequeño tefardí.

Pena, quien avanzaba muy despacio pero sin parar, ya casi podía saborear su victoria.  De sólo imaginarla salivaba en exceso y las rodillas le temblaban.  En tal estado de enajenación se encontraba que inicialmente no se percató del drástico cambio de temperatura que la estancia estaba experimentando.  Hace sólo unos momentos se encontraba sudando pesadamente; ahora el Frío le hacía tiritar y salía vaho expulsado en grandes ráfagas de su boca.  Comprendió que cuanto más se acercaba a su objetivo definitivo más bajaba la temperatura, pero eso no le hizo detenerse.

Apenas se encontraba a cuatro o cinco falgos del niño, a quien no parecía afectarle el ambiente glacial.  Pena comenzaba a perder el sentido de sus dedos y estaba obligado a pestañear incesantemente para evitar la congelación de sus ojos.  A pesar de ello, continuaba.  Estaba decidido, nada quebrantaría su voluntad de alcanzar su implacable venganza.  Con un enorme esfuerzo continuó avanzando mientras una fina capa de escarcha comenzaba a cubrirle por completo.  Ya casi ni podía sentir las manos, lo cual no le impidió alzar el brazo derecho.  Dio un par de pasos más y paró.  Por unos momentos, el soldado permaneció quieto con la amenazadora arma blanca por encima de su cabeza.  El niño tefardí ya a su alcance.

El aire gélido rajaba la garganta e inundaba los pulmones del recluta Pena cada vez que inspiraba, el hielo le había calado hasta los huesos y un agudo dolor le azotaba al tratar de mantener los ojos abiertos.  Sin embargo, este soldado tan sólo disfrutaba del momento, antes de acometer su hazaña final.