Eran sin duda tiempos difíciles. Probablemente los más difíciles a los que Buran-Teyé y los suyos tuvieron que enfrentarse nunca. Ya habían perdido la cuenta de los muchos ciclos que habían pasado en condiciones extremas tratando de atravesar una enorme llanura cubierta de escarcha. La vegetación era escasa y pobre en nutrientes, y apenas merecía la pena intentar cazar una de esas extrañas y velocísimas liebres polares cuya dura carne difícilmente bastaba para alimentar a uno o dos. La muerte había asolado ya a casi la mitad del grupo: doce habían sucumbido al frío agotamiento, la fiebre cúbica se había llevado a cuatro y afectaba severamente a otros siete, y una joven madre había muerto de pena al encontrar el rostro de su hijo sepultado entre la nieve.
Buran-Teyé, el sabio; mediante rituales y conjuros de todo tipo; guiaba al grupo, los protegía de los mortíferos vientos gélidos y aliviaba los dolores a los enfermos. Además, enseñaba técnicas de meditación para superar el hambre. En general, el grupo estaba bastante agradecido al sabio; de no ser por él ya todos estarían muertos. Aunque también era cierto que nunca habrían abandonado su hogar para cruzar aquel páramo inhóspito de no ser por el propio Buran-Teyé.