La última vez que cogité sobre aquel recluta; a penas recuerdo su nombre, pienso que se llamaba Ramiro; fue en aquella época en la que permanecí escondido en la extraña lámpara que colgaba de la sala recreativa Uantaután. Ingrata misión de espionaje, pues las voces que pude oír apenas resonaban como incognoscibles murmullos en barbáricos dialectos sofocados por atroces sinfonías electrónicas. ¿Pero quién iba a decir que el recluta Ramiro se convertiría en el prestigioso académico cientifista conocido como C.H.E. Jobeyanos?
miércoles, 30 de septiembre de 2020
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