domingo, 31 de mayo de 2020

Órgano colorado

El bombardeo era tan intenso que apenas permitía distinguir el sonido de una explosión de la otra, resultando en un sostenido retrueno perpetuo. No fue hasta que cayó un obús lo bastante cerca del recluta Férez como para bañarlo en lodo que se le ocurrió la idea.

- Ya está. Se van enterar.

En cuanto terminó de caer tierra y algún que otro escombro sobre su casco, el recluta Férez se levantó y echó a correr tan rápido como podía a través de la ruinosa trinchera. Férez maniobró con una agilidad que incluso a él le sorprendió por los zigzagueantes fosos; algunos inundados, otros tapiados; hasta que llegó a su destino.

- ¡No! ¡No está, joder! ¿Dónde está?

Cuando ya creía que no lo iba a encontrar, el recluta Férez descubrió que lo que buscaba simplemente se encontraba junto a la puerta del almacén; y no lo había visto al entrar. Cargó con el pesado cañón mortero sobre su espalda y salió para encontrar un lugar desde el cual disparar el arma de largo alcance. Férez posó la aparatosa máquina sobre el suelo de la trinchera y se dispuso a montar el equipo como le habían instruido.

- ¿Cómo era esto? Había una rosca... ¡Aquí! No, ¿para qué coño es esto?

Cuando al fin Férez logró terminar de desplegar la unidad, ajustó la dirección del cañón, se agazapó de cuclillas, se aferró al cordón disparador, respiró hondo, y tiró de la cuerda con fuerza. Se oyó un crujido metálico.

- ¿Qué? ¿No funciona?

Con cierta frustración, el recluta se levantó para investigar por qué no funcionaba la unidad y pronto descubrió que el seguro del arma seguía puesto. Lo quitó y repitió la operación de volver a ajustar el cañón, agacharse, agarrar el cordón con determinación y respirar hondo.

- A ver si ahora...

Con un pavoroso estruendo y levantando una oleada de tierra, el cañón se disparó con un brinco provocado por el potente retroceso que golpeó el casco del recluta Férez, volándoselo al instante. El recluta permaneció quieto un momento, confuso y sin tener del todo claro si el arma había disparado o si le había caído un obús enemigo. Cuando se despejó la humareda, el recluta Férez encontró su casco junto a sus pies y comprendió que había olvidado anclar el arma al suelo. Giró la cabeza y nos sonrió con cierta vergüenza.