La valerosa decisión del recluta Páhiz de adentrarse en aquella caverna fue tiñiéndose de arrepentimiento según descendía a las profundidades de la montaña. Sostenía una antorcha por delante de sí mientras avanzaba palpando las cavidades de la cueva con la otra mano. Por momentos le parecía escuchar susurros, gimoteos y extraños cánticos provenientes del interior que le provocaban repentinos escalofríos y un nervioso malestar en el pecho. No fue hasta que empezaron a picarle los ojos por el sudor que se dio cuenta del drástico cambio de temperatura que había experimentado. Incluso sin la ropa invernal que vestía, aquel intenso calor húmedo sería casi insoportable y el aire se hacía todavía más denso y sofocante cuanto más se aproximaba al fondo.
-Debo haber enloquecido. - se dijo para sí el recluta Páhiz. Pero continuó con la ciega esperanza de dar con las respuestas que buscaba.
Al fondo del túnel encontró una entrada, construida con madera y decorada con inscripciones y filas de flores marchitas, de cuyo interior iluminado provenían aquellas voces y extraños sonidos. Con cuidado de no hacer ruido, Páhiz apagó la antorcha. Apoyó la espalda contra la pared junto a la apertura, trató de relajar su respiración agitada durante unos momentos y se asomó ligeramente al interior.
El lugar estaba repleto de mujeres de todas las edades, algunas cantando, bailando o brincando, otras sentadas, tiradas alrededor, meciéndose de un lado a otro, vomitando, tomadas de la mano, besándose, pintando con pigmentos las paredes, llorando, balbuceando; todas desnudas por completo. En el centro del espacio había una pequeña hoguera y sobre ella un recipiente ante el que se encontraban algunas de las más ancianas alrededor de la columna de vapor que emergía. Había una fila de pequeños animales degollados y muchos sacos y tarros almacenando diversas herramientas y materiales.
-Miserable yo, ahí está. - pensó Páhiz en el momento en el que reconoció a Heydée, único motivo por el cual se encontraba en aquel lugar. La joven se encontraba inmóvil, sentada contra la pared del fondo con las rodillas recogidas, la boca entreabierta y la mirada perdida.
Páhiz volvió a esconder la cabeza. Un torrente de temores le azotaba, pero cerró los ojos, inspiró tres bocanadas de aire caliente y se adentró en un impulso de valor. Caminó con presteza a través del caos hacia el lugar donde se hallaba Heydée. Para la sorpresa del recluta, ninguna de aquellas mujeres pareció siquiera advertir su presencia fuera de sí como estaban, a pesar incluso de que una de ellas chocó con él en plena danza macabra. Páhiz se agachó delante de Heydée y trató de espabilarla llamándole por su nombre mientras le sacudía ligeramente de los brazos, pero no despertaba de aquel extraño trance. Su piel enrojecida parecía extremadamente caliente al tacto y todo su cabello estaba empapado. Un hilillo de baba escapaba de sus labios.
-Salgamos de aquí, querida. - Páhiz envolvió a Heydée en una manta de piel que encontró a su lado y con un esfuerzo considerable la levantó en brazos.
Se dio la vuelta y se sobresaltó alarmado al encontrar a una de las mujeres, especialmente pequeña y escuálida, mirándole directamente. Páhiz permaneció paralizado unos momentos hasta que, muy despacio, caminó unos pasos hacia un lado. La que tenía delante le siguió con la mirada, pero permaneció sin reaccionar. Finalmente, Páhiz terminó de rodearla, y se dirigió deprisa a la salida.
Apenas avanzó unos falgos cuando sintió un tirón proveniente de la manta con la que sostenía arropada a Heydée que colgaba tras él. Giró la cabeza y vio a la misma que había rodeado hace un momento, esta vez agarrando la manta con ambas manos. Trató de zafarse con tirones, pero ella no soltaba. Páhiz notó cómo la intensidad de los gritos y cánticos subió repentinamente, y un tremendo escalofrío pasó por su cuerpo al darse cuenta de que ya eran muchas las que le miraban fijamente. Entonces Páhiz, que sostenía a Heydée con ambos brazos, lanzó un contundente cabezazo contra el rostro de la que le tiraba de la manta. Ésta la soltó finalmente y cayó al suelo.
-No es la estrella solar tan grande como nos dicen, ni su luna tan oscura. - pensó el recluta Páhiz mientras corría hacia la salida con Heydée.