lunes, 31 de julio de 2017

Cal de magia con flor

Una vez reinstaurada la paz en BIT tras la rendición de los ekíes sólo nos quedaba esperar a ser extraídos de aquella abandonada metrópolis en ruinas.  Recuerdo una tarde en la que me reuní con un grupo de reclutas en un estadio mayor, aún en pie a excepción de algunas grietas que partían el graderío, con el propósito de practicar fútbol; un deporte popular en aquella época para el cual se necesitan veintidós jugadores, dos porterías y un componente esférico llamado tíbol.  No fue hasta nuestra llegada al campo que nos percatamos de que ninguno traía consigo el tíbol que teníamos en la base, por lo que decidí regresar yo mismo a recogerlo mientras los reclutas retiraban los escombros y exceso de vegetación para optimizar el campo.

Escuché aullidos simiescos en la distancia.  La guerra no había terminado hacía tanto tiempo, pero ya la flora había crecido con tal ímpetu y frondosidad selvática que apenas se podían distinguir las zonas de parques urbanos de las explanadas formadas a consecuencia de la destrucción bélica.  Mis cogitaciones giraban en torno a aquellos ídolos abstractos esculpidos por los ekíes, cubiertos ahora de maleza, cuando caí en la cuenta de que posiblemente me había desviado en mi trayecto hacia la base puesto que no reconocía el lugar en el que me encontraba.  Decidí subirme a la rama de un árbol retorcido, donde me tumbé y quedé dormido.

Soñé primero con un príncipe pequeño llamado Defectuoso II, luego con eróticas situaciones de un alienígena del pasado.  Finalmente, tuve un sueño en el que recorría un recinto laberíntico del cual muchos jóvenes intentaban salir.  El lugar estaba compuesto a partir de salas cerradas en las que éramos puestos a prueba de distintas maneras en razón de cordura.  Tras lidiar con toda clase de peligros y dificultades logré encontrar la vía al exterior, donde muchos de los que habían salido ya se hallaban esperando aliviados, algunos celebrando su victoria.  Me senté en una colina y acaricié con la mano el césped rosáceo que la cubría mientras me preguntaba si acaso no era aquel lugar tan sólo una sala más del extraño laberinto.