viernes, 31 de enero de 2014

Épica

El Cretino se aproximaba lentamente con esa forma de caminar tan típica suya.  Sus diminutas cavidades oculares se desplazaban alocadamente por todo su absurdo rostro y su boca babosa salivaba desafiando la ley de la gravedad.  De su brazo derecho, que sostenía por encima de su desproporcionada cabeza, colgaban unos larguísimos dedos amoratados que iba arrastrando por el suelo.  El brazo izquierdo, carente de mano, se hinchaba hasta tal tensión que parecía que estaba a punto de estallar a cada paso.  Y sus endebles piernas, maravillosamente desiguales, demostraban constantemente que no había torsión o postura que no pudieran adoptar.