En lo alto de la soberbia estructura de piedra que los Bahániki habían construido para el dios viviente conocido como Ewa, se hallaba éste sentado con pesadez sobre su trono, cogitando. Su mirada cansada estaba perdida en algún punto indefinido entre los cientos de rostros expectantes a sus pies. Un sacerdote portavoz proclamó:
- ¡Oh, Grande! ¡Con nuestro sudor y sangre hemos reunido tres ofrendas para tu divino ser! ¡Te hacemos entrega de ciento cincuenta ikkos de nuestros más sabrosos manjares, bebidas y plantas espirituales! ¡El duro sacrificio de tres robustos toros! ¡Y esta, tuya es la más hermosa virgen de nuestro pueblo! ¡Tus leales súbditos te adoran! ¡Oh, Poderoso; tus leales súbditos te imploran! ¡Nuestros campos de cultivo se están secando; concédenos la lluvia! ¡Tu pueblo fiel está en guerra; dános vigor y ferocidad para dominar al enemigo! ¡Y, Ewa; líbranos de esta nueva, extraña y terrible enfermedad de la mente que trastorna el espíritu de nuestros jóvenes! ¡Oh, Superior!