La lluvia caía fina sobre el paisaje nocturno. El suelo estaba húmedo y el aire viciado dentro de la oscura guarida. Un par de antenas palpaban torpemente el techo y las paredes. Yherig decidió que había llegado la hora de salir al exterior. Hincó su potente mandíbula prensil en la pared y con un movimiento violento la rasgó sin demasiada dificultad. Vislumbró algo de luz, lo cual lo reconfortó bastante. Entonces, al disponerse a salir por el boquete que había creado, un repentino mareo se apoderó de él y se tambaleó de forma que quedó colgando del hueco durante unos instantes en los que todo parecía dar vueltas. Finalmente, cuando recuperó la percepción de la gravedad, efectuó su salida. Aunque fue sorprendido al no encontrar ningún tipo de suelo o apoyo en el exterior, así que la propia gravedad lo precipitó hacia una caída de varios falgos de altura.
Aterrizó sobre su exoesqueleto con un duro crujido, tras lo cual quedó unos instantes atolondrado pateando el aire inútilmente. Sin embargo, con asombrosa rapidez Yherig flexionó el tórax y se levantó recuperado. Dio unos veloces pasos hacia delante, tras lo cual se volvió a detener para meditar sobre su misión. Agitó nerviosamente las antenas mientras un torrente de recuerdos y emociones cruzaban su mente. Pensó en su hogar, su trabajo, sus amigos, y especialmente en su amada, Yhum. Pero inmediatamente, su mentalidad simple tuvo que desechar esas inquietudes para poder centrarse en la necesidad imperiosa de alimentarse que le sobrevino de pronto.
Para tratar de satisfacer esta urgencia hizo uso de su desarrollado sentido del olfato. El hambriento Yherig captó rápidamente el rastro de una fuente de alimento de tipo cárnico no muy lejos de su posición. Siguió la pista a través de la maleza escalando y sorteando los obstáculos en su camino hasta que se topó con una clase de terreno más liso. Pudo comprobar que el asfalto mojado emitía un hedor tan abrumador que era difícil percibir olores en un radio muy amplio. Pero no le importaba porque ya creía vislumbrar la fuente de la esencia que perseguía. Avanzó un poco más y confirmó sus sospechas al encontrar extendido sobre el pavimento un enorme cadáver en un avanzado estado de putrefacción.
Había rastros de sangre y vísceras alrededor. La experiencia de Yherig le indicó que probablemente se trataba de algún tipo de mamífero. Con impaciencia, se subió por el pelaje y la carne mojada hasta que alcanzó una zona del animal despellejada y descompuesta a su gusto. Sin mayor dilación, tragó el exceso de saliva y comenzó su festín.
Disfrutó del alimento hasta saciarse plenamente, tras lo cual descansó unos momentos, satisfecho. Después, por mera curiosidad, decidió explorar un poco la superficie del cadáver. Con cierta dificultad, alcanzó el punto más alto: una costilla rota que había quedado señalando hacia el cielo. Desde ahí, Yherig sacudió las antenas y observó el firmamento estrellado con melancolía. De pronto y sin previo aviso, le entró otro mareo. Zarandeó la cabeza y percibió toda clase de olores venenosos, sonidos rítmicos y formas geométricas luminosas trazando órbitas a su alrededor. Estando inmerso en el éxtasis psicodélico Yherig pudo llegar a articular una frase en su mente.
¿Quién es como yo? - Yherig cogitó.