En verdad, es una pieza magnífica. Hablo de esta máscara que tengo entre las manos. Posee los rasgos inconfundibles de una máscara Ulfricana. Está fabricada con madera oscura, quizá ébano. Tiene una forma alargada y cóncava. Pesa bastante. Hay dos cordeles atados a ambos lados, evidentemente diseñados para la sujeción al cráneo. Pero lo más notable y cautivador de este misterioso objeto tribal son las marcas y agujeros que en su conjunto configuran las facciones exageradas de un rostro que manifiesta una terrible cólera. Al darle la vuelta veo que tiene algunas manchas de sangre en el interior. Sé de donde provienen. La sangre pertenece al dueño de la máscara: un cadáver a mis pies.
Avisté a este soldado en las orillas del Río Azul (que a pesar de su nombre es un mar, no un río) hace tres días y una hora. Tan sólo vestía un taparrabos y esta máscara, cuyo oscuro color se asemejaba a la piel de su dueño. Intrigado por su peculiar aspecto decidí posponer mi misión actual y seguirle. Lo cual no resultó tan sencillo como suponía debido al agotador ritmo al que viajaba. Corrió sin descanso alguno y sin visibles muestras de cansancio hasta la cima del helado Monte Fhuoh (nada menos que el tercer pico más alto de los Turbanos, a unos trescientos cincuenta millones de falgos de altura). Tampoco daba muestras de ser afectado por las tormentas de nieve, ni los ataques del Frío. La resistencia de este soldado estaba comenzando a impresionarme. Incluso me planteé la posibilidad de establecer contacto con él en breve, ya que podría convertirse en un gran aliado. Pero aún estaba cogitando sobre el asunto cuando llegó a la cima del Fhuoh, donde frenó en seco.
Después de esconderme apropiadamente entre la nieve seguí observándole. Comenzó a bailar una danza macabra con palmas y alaridos que retumbaron por toda la cordillera, sin duda, causando más de una avalancha. Continuó haciendo el orangután infatigablemente entre la nieve durante una larguísima hora, en la cual tuve una encarnizada batalla con mi eterno enemigo.
Al cabo del susodicho tiempo aconteció una escena asombrosa. Como en señal de haber finalizado su baile, el enmascarado quedó durante unos momentos con los brazos extendidos mirando al cielo gris y tormentoso. Entonces pronunció una frase en un idioma desconocido; casi susurrando en contraste con los gritos anteriores. Estiró más todavía los brazos y la cabeza, expectante de algo en el firmamento. De pronto, vi cómo mediante unos movimientos rotatorios semejantes a un remolino se abría un hueco entre las nubes por el cual emanaba una intensa luz verde. Por unos instantes quedé deslumbrado.
Al recobrar la vista, divisé un objeto que caía a altísima velocidad del hueco. A medida que se fue acercando distinguí la silueta de una grandiosa espada de doble filo que descendía con el mango por delante. Cayó, clavándose en la nieve por la empuñadura, a los pies del soldado, que ni se inmutó. La enorme y afilada hoja quedó sobresaliendo verticalmente, ligeramente inclinada hacia él. Rielaba luz verde, que muy despacio iba desapareciendo acorde se cerraba el hueco entre las nubes grises. Cuando ya se cerró, el personaje bailarín bajó los brazos y miró severamente el filo ante él. Con un movimiento repentino y grácil saltó firmemente hacia arriba de modo que se situó en el aire sobre la espada, para después caer en plancha sobre ella atravesándose limpiamente el corazón. El cuerpo, ya inerte, bajó hasta quedar tumbado boca abajo con la cabeza hundida en la nieve.
Me levanté y me sacudí la escarcha que me abrazaba. Caminé hasta el centro de la escena macabra. Me agaché junto al cadáver y arranqué la máscara de su cráneo muerto. Me levanté. Sosteniendo la máscara con ambas manos la estudié con detenimiento, y tras una sacudida fuerte del viento tormentoso en lo alto del monte Fhuoh pensé:
"En verdad, es una pieza magnífica."