jueves, 2 de julio de 2009

Lo mismo es decir al contrario que morir al revés

Un rayo. Un rayo y medio me parta. Me encuentro caminando sobre la fina línea imaginaria que determina el límite de este insípido vergel de lo llamado "real". Es una línea recta, y yo camino sobre ella de tal manera que a mi derecha se encuentra todo aquello que existe, lo que conozco y aparentemente comprendo; aunque en el fondo sé que ni yo ni nadie lo comprende realmente. Mientras que a mi izquierda se alza glorioso y majestuoso el reino de Jarawii. Jarawii representa para mí el color blanco, el misterio, el olor a café frío y la nada.

Resulta imposible para mí ignorar las señales, olores y sonidos provenientes de Jarawii. Ejercen una grandiosa y palpitante atracción en mí. Así es. Deseo entrar en Jarawii. Las agudas y graves voces me dicen que me adentre. A cada paso que doy sobre la frontera, mi pie izquierdo trata de caer lo más hacia las nueve posible. Un poderoso viento sopla; no, no sopla, absorbe desde las profundidades de la esencia blanca. Incluso el cobarde y atroz dios del destino me empuja con su bastón desde lo alto de un manzano existente. Todo me indica que debo hacerlo. ¿Lo haré? Sé que la decisión es mía, mas poseo la férrea voluntad para continuar andando sobre el límite de nuestro vergel y nuestra nada cuanto me plazca. ¿Lo haré? ¿Pondré fin a mi recorrido sobre dicha frontera aquí y ahora? Cogitaré sobre ello.

Ya he cogitado suficiente. El sentimiento de atracción hacia Jarawii es extremadamente persistente. Pero he decidido que no me situaré a la izquierda de la línea. Mi conclusión carece de sentido, lógica y está demasiado afilada, por no mencionar el grave exceso de sal, ergo, ni intentaré explicarla. De todas formas, en situaciones como la presente, siempre considero de mayor importancia el "qué" que el "por qué". Definitivamente, no me adentraré en tales tierras imperecederas como las del reino de Jarawii.